Habitar el tiempo natural
- Admin

- 19 ene
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Vivimos en un tiempo que nos empuja a avanzar en línea recta.
Siempre hacia adelante. Siempre más rápido.
Pero el cuerpo no funciona así. La naturaleza tampoco.
El cuerpo se rige por ciclos. Y cuando aprendemos a escucharlos, algo se ordena por dentro.
La Luna nos ofrece un ritmo cercano, íntimo, constante. Cada mes nos invita a revisar, soltar, sembrar y volver a florecer. Es un pulso corto, preciso, que nos permite renovarnos poco a poco,sin forzar grandes cambios de golpe.
Con la Luna nos observamos. Nos reajustamos. Nos damos permiso para sentir.
Así como hay el día y la noche. Cada mes hay una luz y una sombra (fases de la luna). En la rueda del año hay un tiempo de luz y uno de oscuridad.
La rueda del año marca los grandes procesos del cuerpo y del alma: lo que necesita morir,lo que necesita gestarse en silencio, lo que está listo para crecer y lo que puede finalmente ofrecerse al mundo.

Con las estaciones no solo nos renovamos: nos transformamos.
Cuando integramos ambos ritmos —el lunar y el de las estaciones—dejamos de vivir desde la exigencia y empezamos a vivir desde la coherencia.
Mes a mes afinamos la escucha. Año a año cambiamos de piel.
Y con ello creamos un vínculo, una relación con el tiempo natural y con nosotras mismas desde un lugar más profundo y sagrado.
El invierno nos enseña a habitar la cueva. La primavera, a salir con cuidado. El verano, a expandirnos. El otoño, a recoger y soltar.
Y la Luna, fiel compañera, va iluminando cada uno de esos pasos, recordándonos que no estamos fuera del ritmo, sino dentro de él.
Escuchar estos ciclos no es volver atrás. Es volver al cuerpo. A la tierra. A despertar la memoria. A honrar el ciclo de vida - muerte - vida
Quizá no necesitamos aprender nada nuevo.
Quizá solo necesitamos recordar
cómo caminar al ritmo de la vida y el tiempo cíclico.
Si te interesa seguir explorando esta forma de habitar el cuerpo y los ciclos,
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